Lunes 18 de Octubre de 2021

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  • 22º

MUNDO

15 de agosto de 2021

¿Qué hay después del fin?

Cuando Europa embistió al resto del planeta con los viajes portugueses alrededor del África en busca de esclavos primero, la conquista española de América después, el sometimiento de los pueblos orientales por ingleses, franceses y holandeses más tarde, su propósito era comercial, religioso o lo que sea, pero puso en claro el desequilibrio esencial que la afectaba, una desarmonía desconocida antes y que hoy se ha volcado como peste por todas partes.

Los europeos destruyeron las sociedades originarias de Sudamérica y crearon en su lugar otras dirigidas a empacar rápido toda la riqueza posible y enviarla en galeones a Europa.

“Nace en las Indias honrado/ viene a morir en España y es en Génova enterrado”, dice el oro Francisco de Quevedo en su epístola satírica y censoria.

España se apropió de la riqueza natural americana (el cerro Potosí es testigo mudo) pero no pudo retenerla en su territorio porque volaba a pagar guerras e intereses a los banqueros genoveses.

Otro ilustre ingenio español, Félix Lope de Vega, hace un luminoso y hermoso contraste de la codicia insaciable de sus connacionales y la inocencia indígena: “En las Indias nace el oro/ chichicorí/ No le buscan ni le estiman/ España, sí/ Los bienes del alma adoran/ Véisme aquí/ Amor con amor se paga/ Nunca le vi/ En España no hay amor/ Créolo así/ Allá reina el interés / y amor aquí”.

Ya estaban por entonces justamente apreciados el espíritu de saqueo, la codicia racionalizada en términos religiosos y luego económicos que iba a derivar siglos después en la degradación de la naturaleza de América y la expulsión de su población empobrecida a los países del “primer mundo”, que está ahora atrincherado contra el “tercero”, los pobres y los “terroristas” que son parte necesaria de su propia lógica.


Hacer la América era deshacerla
Europa rompió en América las estructuras sociales existentes y creó ciudades que servían entonces y sirven todavía al poder colonial, como Buenos Aires, Montevideo, Río, Portobelo, Lima, Guayaquil o Valparaíso, de donde irradiaba la desarmonía. Luego, la declinación de España puso en primer lugar a Inglaterra y los Estados Unidos.

El mapa de los ferrocarriles argentinos, hoy un espectro, muestra una red que fluye a Buenos Aires, de donde todo debía continuar a Inglaterra. El costo de los fletes en ese sentido era varias veces más barato que en sentido contrario. Nada más apropiado para desangrar el interior y crear un monstruo portuario que reproduce entre nosotros, corregido y aumentado entre nosotros cada vez más, el desequilibrio que dio origen a la conquista.

El tiro del final
Mientras en el siglo XX la población mundial se multiplicó por cuatro, la de las ciudades se multiplicó por 40. El campo se desangró en beneficio de las ciudades que se tragan todos los recursos y envenenan el aire, el suelo y el subsuelo.

La atmósfera paga el precio del desequilibrio: su contaminación es uno de los problemas más graves de la humanidad, su obra más nefasta de los últimos siglos. El humo de los autos, colectivos y camiones, los procesos industriales, los sistemas de calefacción y los cigarrillos provocan gran parte de las enfermedades respiratorias.

El aumento de la concentración de anhídrido carbónico, el “gas invernadero”, no afecta a las plantas, que de él toman el carbono para constituir sus tejidos, pero puede ser letal para los seres humanos y animales porque interfiere con el transporte de oxígeno en la sangre. Otras sustancias que están en el aire contaminado pueden producir cáncer, malformaciones, daños cerebrales y lesiones pulmonares y de las vías respiratorias.

La contaminación del suelo se hizo evidente más tarde, por efecto de la basura depositada sin método ni cuidado y sin prever que la acumulación tiene límite. Ni los basureros a cielo abierto ni los rellenos sanitarios ni los ensayos industriales de eliminación de basura son remedios suficientes a un problema creciente con la población y la tendencia al consumismo como medio de sostener la actividad económica.

El tres por ciento de toda el agua del planeta es potable sin tratamiento. El resto no puede usarse tal como está en la naturaleza. Y el hombre ha contaminado el agua desde siempre, como se advierte en relatos de la más antigua literatura.

Empresas como Botnia son capaces de contaminar enormes cantidades de agua. Por eso fueron prohibidas en Europa, donde dejaron inertes lagos de Finlandia y rías en Galicia, y fueron enviadas al tercer mundo, donde una letal combinación de necesidades apremiantes producto de la miseria y gobiernos corruptos les abren las puertas.

El agua de lluvia, el agua potable más a mano, se está volviendo imprevisible porque el cambio climático, otro síntoma del desequilibrio, se ha alterado tanto que a lluvias desastrosas siguen sequías más desastrosas todavía.

Un autor argentino consigna que en el sur de Asia, más de 140 millones de personas beben agua subterránea contaminada con arsénico. Según los expertos, se trata del mayor envenenamiento masivo de la historia. Pero el envenenamiento y al ceguera con arsénico son frecuentes en Entre Ríos, donde el agua de pozo suele estar contaminada y causar ceguera.

La contaminación por arsénico se produce cerca de la superficie y tarda al menos 100 años en alcanzar el acuífero. Este ciclo es un proceso natural que ha venido ocurriendo durante miles de años, antes de cualquier influencia humana

El suelo, que es el recurso natural que se relaciona con la calidad de vida más directamente, hoy está degradado, erosionado, privatizado y contaminado en nuestro país. Es el resultado de la venalidad y la extranjerización, de la industrialización del agro y en general del espíritu de lucro combinado con la corrupción de los gobiernos de los países pobres, como nosotros. En vez de garantizar la calidad de vida de los argentinos, el suelo garantiza las ganancias de las multinacionales, de gentes que ni siquiera saben que sus rentas están destruyendo nuestro sustento.

El suelo, es un sistema muy complejo de gran sensibilidad a la variación de uno solo de sus factores constitutivos, lo cual produce reacciones en cadena, en especial a propósito de las intervenciones perturbadoras del hombre.

El consumismo impulsado por el sistema económico mundial y el crecimiento de la población están ejerciendo una presión desmedida en la capacidad de carga de los ecosistemas, llevándolos a un paulatino agotamiento y desaparición, tornándolo incapaz de cubrir las necesidades humanas.

A partir de cierto nivel, el progreso es retroceso
La sobreexplotación a través de técnicas industriales de alto rendimiento, monocultivos, riego artificial y la incorporación de pesticidas y fertilizantes para incrementar la producción, en un plazo más o menos largo producirán tierras agotadas, campos salinizados y avance de la desertización.

El modelo agroindustrial en franca expansión, sobre todo a partir del boom del biodiesel y otros agro combustibles, conjuntamente con el cambio climático en marcha, pintan un cuadro de lo más preocupante y de pronóstico incierto.

Estas prácticas son presentadas como racionales, pero son en otro nivel irracionales, es decir, su racionalidad no se entiende sino dentro de límites estrechos, los propios de la mentalidad que considera que la misión humana es dominar la naturaleza.

Los pueblos originarios, por el contrario, no piensan que la tierra es del hombre, sino que el hombre es de la tierra.

Las tres cuartas partes del suelo agrícola argentino está sujeto a erosión causada por la actividad ganadera y forestal. La destrucción avanza 13 veces más rápido que el tiempo que necesita la naturaleza para reconstituirse.

En Sudamérica cada vez más bosques y selvas tropicales son convertidos en campos de soja para exportación, negocio de las multinacionales como Monsanto, que suelen presentarse como abanderados de las nuevas tecnologías y del progreso.

La deforestación que esta actividad produce provoca nuevos desequilibrios ecológicos en los ecosistemas y pone a miles de especies al borde de la desaparición.

La consecuencia para los sudamericanos del nuevo orden agrícola son la desertificación, la degradación y el hambre. Donde el campo producía alimentos para el autoconsumo y el mercado, ahora se produce para exportar. El resultado son grandes ganancias para pocos y grandes necesidades para muchos.

Además, la soja, monocultivo de una especie exótica, implica el uso del glifosato, un veneno peligroso que se usa en grandes cantidades y se viene presentando como inocuo.

¿Qué hacer?
Gustavo Adolfo Martínez propone conductas que tenderían a cambiar este estado de cosas. Entre otros, en síntesis:

*Elaborar y aplicar estrategias innovadoras y adaptables, en materia de gestión de los suelos
*No tomar por separado el cambio climático en la ciudad y en el c ampo.
*Mantener vínculos entre las universidades y organizaciones participantes, junto a los gobiernos, para trabajar en forma mancomunada en investigaciones con enfoques interdisciplinarios y transdisciplinario sobre el manejo de la basura.
*Promover la incorporación de estudiantes universitarios, docentes y profesionales en general en proyectos de investigaciónacerca de la realidad de la escasez de agua y su cuidado.
*Fortalecer la aplicación de las investigaciones sobre pobreza a través de las actividades promovidas por la leyes de servicio comunitario vigentes, para evitar la migración a las grandes ciudades.
*Incentivar a los docentes en su formación y en su papel de formador.
*Revalorizar el papel de "hermano mayor" en la formación de la población infantil (el futuro del mundo.)
*Aplicar técnicas de intervención con los alumnos de las escuelas, hacia la búsqueda de incrementar la forestación en ciudades.
*Gestionar la pronta implantación de un calendario especial de atención primaria adaptado a las características de cada emergencia agropecuaria, según la zona.
*Incorporar como un elemento primordial la elaboración de productos comestibles, sin ningún conservante, grasas trans o colorantes, para satisfacer de manera equilibrada las necesidades alimentarias de todos los habitantes sin poner en peligro su salud.
*Iniciar una campaña nacional de "Cuidemos nuestro planeta" en aras de vincular a todos los sectores sociales, en la búsqueda de energías alternativas y renovables con espacios físicos permanentes.
*Aprender a no alterar los ciclos naturales y ser respetuosos con el medio ambiente,
*Proponer una cuestión fundamental para el consumo de pilas y baterías es poder clasificarlas según su composición.
*Dar mayor importancia a los fertilizantes orgánicos, y comenzar a descartar de una vez por todas, los tóxicos que envenenan nuestros cultivos.
Fuentes: Gustavo Adolfo Martínez, Sergio

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