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30 de septiembre de 2019
Sepa el pueblo votar
La reforma constitucional de 1994 permitió la reelección de Carlos Menem y redujo los períodos presidenciales a cuatro años. Antes eran de seis sin reelección, en adelante, al modo estadounidense, son de cuatro con posibilidad de una reelección.

En agosto el gobierno sufrió una derrota contundente, al parecer inesperada, que por lo menos lo hizo trastabillar  y determinó reacciones erráticas y poco adecuadas a la realidad electoral.

El 27 de octubre con un gobierno tambaleante que da marchas y contramarchas sin poder retomar la pista, los argentinos deberán elegir si Mauricio Macri continúa o no como presidente, además de 130 diputados y 24 senadores

Si ninguno de los candidatos a presidente supera el el 45 por ciento de los votos, o el 40, con una diferencia de 10 puntos sobre el segundo,  la ley electoral manda que haya una segunda vuelta el 24 de noviembre entre los dos más votados

Todas las provincias elegirán nuevos integrantes en la Cámara baja. La mayor cantidad de bancas estarán en juego en Buenos Aires (35), la ciudad de Buenos Aires (12), Santa Fe (10) y Córdoba (9). Además, se renovarán legisladores de Mendoza (5), Tucumán (5), Corrientes (4), Entre Ríos (4), Misiones (4), Salta (4), Santiago del Estero (4), Chaco (3), Chubut (3), Formosa (3), Jujuy (3), La Rioja (3), Río Negro (3), San Juan (3), Tierra del Fuego (3), Catamarca (2), La Pampa (2), Neuquén (2), San Luis (2) y Santa Cruz (2).

Siete provincias (Río Negro, Salta, Tierra del Fuego, Neuquén, Chaco, Entre Ríos y Santiago del Estero) y la ciudad de Buenos Aires renovarán en octubre 24 bancas en la Cámara alta. Los distritos donde se votará para elegir Senadores deberán elegir tres legisladores (dos por la mayoría y uno por la minoría) y los partidos que más tienen en juego son el peronismo (siete de las 22 bancas serán renovadas), Cambiemos (cinco de los 25 escaños) y el Frente para la Victoria (tres de las nueve bancas).

Cinco provincias elegirán sus gobernadoress, intendentes y legisladores nacionales, provinciales y municipales al mismo tiempo que los comicios generales de octubre: Salta, Catamarca, Santa Cruz y la ciudad y la provincia de Buenos Aires.

El voto

El voto es la forma habitual que en las sociedades modernas se instrumenta el derecho a elegir los gobernantes, que formalmente se reconoce al “pueblo”.

Hasta hace apenas algunas décadas, solo se reconocía ese derecho a los adultos varones, en ocasiones si podían demostrar que eran propietarios y estaban por encima de cierto nivel de ingresos.

Los padres de la patria norteamericana pensaban que  sin propiedad no  había libertad y sin libertad el voto no expresaba la voluntad del votante.

Por eso, procuraron repartir la tierra en parcelas pequeñas, pero que aseguraran a cada uno su cuota de propiedad en  una época en que la tierra era todavía su  forma fundamental.

En la Argentina en cambio, las iniciativas de Rivadavia y los rivadavianos, continuadas por Mitre, Sarmiento, Roca y la denominada  “oligarquía” tomó el camino contrario: puso enormes extensiones en manos de pocos propietarios. La idea, exactamente la contraria de la que había inspirado la constitución norteamericana, no era tanto hacer terratenientes multimillonarios  como excluir a la gran mayoría de la propiedad y ponerla como peones en las manos de los grandes propietarios, que en general mantenían incultas sus tierras.

Australia siguió la inspiración norteamericana y dividió la tierra, pero Sudáfrica, debido al racismo de los blancos expresado en el apartheid, concentró la propiedad territorial y excluyó de ella a los negros, que no tenían derecho a voto o debían luchar contra el voto calificado.  En algunos lugares del Africa el voto de  un blanco valía  el de 10 negros.

Cuando una delegación internacional entrevistó a un presidente sudafricano, poco antes de la liberación de Nelson Mandela, recibieron la respuesta de que efectivamente, algún día los negros gobernarían en Sudáfrica,  “pero si eso ocurre, dentro de 400 años, los únicos culpables seremos nosotros los blancos”. Pocos años después, sin culpa de nadie pero por mérito  de muchos, el apartheid se terminaba en  Sudáfrica.

La cosa viene de lejos

El derecho al voto con fines de tomar decisiones se hizo relevante en la llamada “democracia griega”, que prosperó brevemente en Atenas cinco siglos antes de nuestra era.

En esta democracia,  modelo para nosotros porque proviene de una civilización que el occidente  actual considera como su antecesora, un grupo pequeño de personas, varones adultos propietarios, podían discutir los asuntos comunes en el ágora y votar.  No era una democracia representativa, no se elegían representantes, pero el derecho a voto se ejercía porque se discutía y se decidía de manera plebiscitaria.

Después de los reyes, de las leyes de  Dracón y de las reformas de Solón, Clístenes estableció las formas de la democracia ateniense.

La asamblea popular (ekklesia, de donde deriva Iglesia, que es la asamblea de creyentes)  estaba integrada por todos los ciudadanos atenienses mayores de 20 años,  propietarios, que  proponían las leyes. El tribunal de los heliastas estaba compuesto por 6.000 ciudadanos mayores de 30 años que administraban justicia y duraban un año en el cargo.

Pero en las sombras, poco registrados por la historia, estaban los 200.000 esclavos sin ningún derecho que eran el sustento económico de los “demócratas” del  ágora. Ellos trabajaban por ejemplo en la minas de plata del monte Laurión en el Atica. Jenofonte calculaba que había allí unos 30.000 y proponía dotar a cada familia ateniense de tres esclavos para que pueda mantenerse, por supuesto sin trabajar. Homero llama “demos” a los esclavos, un origen sugestivo para la “democracia”, pero  “demos” no era peyorativo en él aunque sí designaba una clase inferior. Seguramente porque la sociedad homérica era menos diferenciada que la ateniense.

Voto y capitalismo

Modernamente, el voto acompañó a la democracia en su forma moderna, estrechamente relacionada con el capitalismo y el derrumbe del mundo medieval, que se había sostenido un milenio tras el ocaso de Roma, que también tuvo su democracia, su perversión y su ruina.

Los hombres no son todos iguales,  ni ahora ni antes. La desigualdad es una situación recurrente que tiende a agravarse en la actualidad  y a convertir el derecho al voto en una formalidad con cada vez menos contenido.

Los ideales de la revolución francesa y del iluminismo, que tomaron forma práctica en el liberalismo, naufragaron pronto; pero la democracia, a pesar de las crisis que han  hecho perder confianza en ella y en el voto como  instrumento valioso  en manos del pueblo, sigue vigente al menos como mal menor.

Sirve habitualmente como pantalla de intereses muy minoritarios, oligárquicos, de los que tienen el poder   y no piensan dejarlo en manos de votantes ni de nadie que no sean ellos mismos. Esos poderosos han perfeccionado métodos para imponer la “democracia” a todos  por las buenas o por las malas, con persuasión  y propaganda o, si es preciso, con bombas y misiles.

Esa ínfima minoría, surgida del mundo occidental que está en cierto modo identificado con ella, se siente  dueña del mundo y de la historia, sobre la base del cristianismo. Plantea como cosa obvia que  sus formas políticas, religiosas, sociales y económicas están por sobre las de los otros pueblos del mundo tanto como ellos  mismos se sienten por sobre los demás. La victoria de occidente sobre el resto del planeta puede convertirse de inmediato en la derrota de la humanidad.

La extensión del derecho al voto

El sufragio universal (del latín suffragium, voto) es el derecho de todos los ciudadanos en las sociedades modernas a votar sin que sean impedimento la raza, el sexo, las creencias ni condición social.

Cuando entre nosotros se reclamaba por él, se entendía extender el derecho a las mujeres, que estaban excluidas. Pero en otros países, donde las mujeres ya votaban, por sufragio universal se entendía reconocer el derecho al voto a los negros.

Al principio el derecho a votar era muy reducido, eran pocos los que podían ejercelo, una elite.

A principios del siglo XIX, en Europa existía el  sufragio censitario: votaban solo varones instruidos, con renta y de la clase alta, aquellos que en Mayo de 1810 se autodenominaban la “parte más sana y principal” de la población. En realidad, la salud física estaba más bien entre los que trabajaban  y no entre los holgazanes; y en cuanto a la parte “principal” es una expresión ambigua, que no aclara si nos referimos a los orígenes etimológicos de la palabra en “principios”. Pero si entendemos que la parte principal somos nosotros, no hay duda: somos nosotros.

Luego vino el sufragio masculino calificado, que permitía votar a todos los varones que supieran leer y escribir.

El sufragio femenino, que se instauró definitivamente en la Argentina gracias a Eva Perón  después de algunos intentos previos, como el de San Juan, reconoce el derecho al voto a las mujeres, consideradas por fin ciudadanas.

Más adelante se admitió el sufragio sin calificación.  Pueden votar todos sin discriminar por el nivel educativo, se incluyen los analfabetos.

En algunos países, como los Estados Unidos, que sufrió la guerra de secesión por causa de la esclavitud, debió concederse el sufragio sin discriminación racial: se admitía el voto de los negros, con gran resistencia de grupos recalcitrantes, como los reunidos en el Ku Kux Klan.

Cuando Alexis de Toqueville, de recorrida por los Estados  Unidos, asistía a una elección, preguntó por que no votaban negros. Los veía afuera, en la calle,  pero no entraban a votar. Un supervisor le dijo que eran libres de entrar si querían, pero que si llegaban a entrar, ellos, los blancos, los molerían a palos. Una diferencia expeditiva entre democracia real y formal.

Subsisten limitaciones al sufragio universal, por ejemplo el voto de los  extranjeros, muy importante en cierta época de la Argentina donde uno de cada dos habitantes de Buenos Aires era extranjero.

Hay excluidos por causa de la salud mental, que deben ser declarados insanos por un juez; los presos por estar sujetos a influencias que pueden desviar el voto lo mismo que antes los militares  y policías.

Tampoco votan los niños ni los adolescentes, antes hasta la mayoría de edad a los 21 años; luego a los 18  y  ahora a los 16. El argumento era esperar a que el votante tuviera “uso de razón”.

Pero si estas son limitaciones, hay medidas que  implican la anulación del sufragio universal.

Entre éstas se pueden considerar la prohibición de votar a los pobres, a los analfabetos, a los negros y a las mujeres, que persisten en algunos países por efecto de lo que se entendía como calificación por la propiedad, la educación, la raza o el sexo.

Una opinión filosófica

En una nota sobre el número y la cualidad en los regímenes representativos (donde rige el voto), el político y pensador italiano Antonio Gramsci enfrenta la tesis de que en los sistemas electivos la ley suprema es el número, la cantidad de votos.

Para mostrar cómo surge ese número Gramsci afirma que lo que mide es la capacidad de expansión y de persuasión de las opiniones de pocos, de una elite. “Las ideas y las opiniones no nacen espontáneamente en el  cerebro de cada individuo: han tenido un centro de formación, de irradiación, de difusión, de persuasión: un grupo de hombres o inclusive un individuo singular que las ha elaborado y las ha presentado en la forma política de actualidad. El número de votos es el resultado final de un largo proceso en que la influencia mayor es la de los que de verdad dedican sus fuerzas mejores al estado y la nación (cuando de verdad lo hacen). Si este presunto grupo de óptimos no tiene el consentimiento de la mayoría, habrá que considerarlos ineptos”.

Bajando con ayuda de estos pensamientos al terreno más familiar de las aplicaciones y las anéctotas, se puede tomar en cuenta a partidos políticos argentinos de izquierda, “populares” al menos en la ideología, que estiman después de fracasar en cada elección al punto de arriesgar no poder siquiera presentarse en la siguiente,  que el pueblo no está todavía maduro para entenderlos. Una transferencia de responsabilidades poco sutil. O un caso prominente: la doctora Elisa Carrió, que dijo después de obtener el 1,8% de los votos que ella no estaba dispuesta a gobernar a un pueblo que votaba al kirchnerismo. Están verdes las  uvas, pero los zorros son pacientes. Si aceptamos la conclusión de Gramsci deberíamos pensar que Carrió es inepta, lo que entraría en contradicción con sus méritos, tan abundantes.

El considerar que todo  un pueblo no puede ser gobernado por un dirigente por ser éste demasiado excelente permite recordar el caso de cierto aristócrata francés al que según Marcel Proust le ofrecieron el trono de un pequeño reino europeo. Lo rechazó porque no estaba a la altura del tamaño que estimaba para su nobleza, que era apenas una sobrevivencia del Antiguo Régimen. O en los patriotas argentinos Belgrano, Rivadavia y Sarratea, que cuando un príncipe europeo no quiso aceptar la corona sudamericana que le ofrecían, planearon raptarlo para coronarlo a la fuerza…

Una miradita al futuro

El escritor ruso de ciencia ficción nacionalizado estaunidense, Isaac Asimov, escribió  el cuento “Sufragio universal”. Avanzado el siglo XXI  las elecciones se realizan mediante una supercomputadora llamada Multivac, capaz de tener en cuenta los deseos e intereses de todos los habitantes. Multivac elige al presidente y a los representantes y toma las grandes decisiones políticas, sintetizando los deseos de todos. Para tomar estas decisiones Multivac necesita la ayuda de un humano, un único votante que encarne el sufragio universal.

El cuento relata el momento en que Norman Müller, un ciudadano común, es elegido como votante por Multivac.

De la Redacción de AIM.



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