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6 de agosto de 2017
Hiroshima: El dolor intacto
El 6 de agosto de 1945, la “superfortaleza” volante B-29 de la fuerza aérea norteamericana llamada “Enola Gay” dejó caer sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba atómica, una de las dos que habían desarrollado los científicos y técnicos en los desiertos que fueron otrora territorio mexicano. Como cada año, decenas de miles de personas recordarán en el Hiroshima Peace Memorial este doloroso aniversario, que nunca será borrado de la memoria,

La bomba que “superó todas las expectativas” de los norteamericanos provocó 130.000 víctimas, 80.000 de ellas muertos, 48.000 edificios fueron destruidos completamente y 176.000 personas quedaron sin hogar.

Fue uno de los más resonantes efectos de la ciencia moderna, aplicada en este caso a la guerra, en ese momento, con el Japón ya derrotado, puramente “preventiva” como advertencia a potencias aliadas en que los Estados Unidos no tenían confianza.

El día anterior en la base de Tiniaii, una isla de las Marianas, la tripulación del Enola Gay, preparada desde muchos meses antes en la base secreta de Wendover, en Utah, Estados Unidos, para “una misión espacialísima”, esperaba la orden.

La tripulación del avión, el mayor de la época, estaba al mando del coronel Paul Tibbets, que había elegido como hombre de confianza al oficial bombardero Tom Ferebee.

Durante meses habían practicado lanzamiento de una bomba cuya verdadera naturaleza no conocían, y que llamaban “La Cosa”, un gran cilindro con cola. Ferebee no obstante estaba al tanto del gran poder de la bomba y temía por algo que nadie podía responderle: la explosión ¿destruiría también al avión o la tripulación se salvaría?

Sabía que al momento del tremendo estallido, cuando la bomba tocara el suelo tras caer desde miles de metros, el B 27 estaría ya a 17 kilómetros, pero la cuestión era si la estructura soportaría una onda expansiva de dos veces el peso de la nave.

La boma estaba preparada en julio de 1845. En Los Álamos, donde se preparaba en secreto estaban los científicos Oppenheimer, Bohr, Fermi, Bethe, Lawrence, Frisch… y espías rusos que mantenían a Stalin al tanto de todo. Al punto que cuando el presidente Truman le dijo que habían detonado la bomba a modo de prueba en el desierto, el ruso apenas si sonrió.

El B-29 fabricado por Boeing fue el mayor avión construido durante la Guerra Mundial.

Su longitud era de 30 metros; la envergadura, 43 metros. Iba equipado con cuatro motores Wright de 2.200 HP de potencia, que le daban una velocidad máxima de 585 kilómetros por hora a 7.600 metros de altitud.

Para cargar la bomba de uranio, el Enola Gay hubo de acomodar su bodega, dado que las dimensiones del ingenio superaban los 70 cm de diámetro los 3 metros de longitud.

La bomba atómica es un reactor o pila nuclear que no utiliza moderador (es decir, ninguna sustancia que frene las partículas emitidas por el elemento radiactivo) y en la que se origina una reacción en cadena.

Dos trozos de material uranio 235 de masa inferior a la crítica, es decir, a la masa a la que la reacción en cadena se produce de forma espontánea, y separados por un espacio vacío, son impelidos a chocar entre sí mediante la explosión de dos cargas convencionales, de forma que la nueva masa resultante es superior a la crítica, produciéndose la reacción nuclear.

El vuelo despegó a las 2:45 de la madrugada del día 6, para alcanzar su objetivo seis horas más tarde. Solo al partir Tibbets anunció una información adicional. Y habló de que se trataba de lanzar una bomba cuyos efectos significarían muy probablemente la derrota de Japón y el fin de la guerra, sin decir “atómica” pero con una potencia igual a 20.000 toneladas de trilita.

Dificultades meteorológicas le impidieron a Enola Gay alcanzar el objetivo fijado por lo que se decidieron por Hiroshima, que era el alternativo para caso de mal tiempo. Era una ciudad con más de 300.000 habitantes, famosa por sus bellísimos sauces y que hasta aquel día había sido alcanzada apenas por 12 bombas enemigas.

El avión lanzó la bomba a la hora 8, 15 minutos y 17 segundos desde una altura de 10.000 metros. Con la pérdida súbita de un peso de cuatro toneladas, el avión saltó hacia arriba. A los 43 segundos, cuando el B 27 estaba a 15 kilómetros del lugar, la bomba estalló a 550 metros por encima del punto de caída y a 200 metros del blanco.

Los tripulantes vieron el espacio convertido en una bola de fuego cuya temperatura interior era de decenas de miles de grados. Una luz “como de 1000 soles” los deslumbró. Una doble onda de choque sacudió fuertemente al avión, mientras abajo la inmensa bola de fuego se iba transformando en una masa de nubes purpúreas que empezó a elevarse hacia las alturas, coronándose en una nube de humo blanco densísimo que llegó a alcanzar 12 kilómetros de altura y que adoptó la forma de un gigantesco hongo.

El Enola Gay giró hacia el sur y voló sobre las afueras de Hiroshima para fotografiar los resultados del bombardeo. El mensaje fue sencillo y contundente: “resultados obtenidos superan todas las previsiones”.

El día 9, otro avión lanzó otra bomba nuclear sobre Nagasaki. Los efectos fueron suficientes para que el Consejo Supremo de Guerra japonés se dirigió a los Estados Unidos pidiéndole el cese de las hostilidades y aceptando la rendición incondicional exigida por los aliados.

Una zona de dos kilómetros de radio se transformó en un crisol, que la dejó arrasada como si un fuego infernal y un viento cósmico se hubieran asociado apocalípticamente. Y en kilómetros a la redonda, incendios y más incendios atizados dramáticamente por un vendaval de muerte. Por los restos de lo que fueron calles, empezaron a verse supervivientes desollados, con la piel a tiras, unos desnudos, otros con la ropa hecha jirones.

Los que murieron en el acto, sorprendidos en el punto de la explosión, se volatilizaron sin dejar rastro. Tan sólo alguno, situado junto a un muro que resistió la onda expansiva, dejó una huella en la pared, una silueta difuminada de apariencia humana, como una sombra fantasmagórica, que fue en lo que vino a quedar el inmolado.

Otros se vieron lanzados, arrastrados y se encontraron volando por el aire, como peleles de una falla sacudida por un vendaval. Alguno fue a parar milagrosamente a la copa de un árbol, a muchos metros de distancia de su lugar de arranque.

En los alrededores del punto cero, todo quedó carbonizado. A 800 metros ardían las ropas. A dos kilómetros, ardían también los árboles, los matorrales, los postes del tendido eléctrico, cualquier objeto combustible.

Finalmente, la bomba provocó el “sol de la muerte”. Las personas aparecían llagadas, llenas de terribles ampollas. Todos los supervivientes, en un radio de un kilómetro a partir del epicentro, murieron posteriormente de resultas de las radiaciones.

Los muertos por estos insidiosos efectos lo fueron a millares y se fueron escalonando a lo largo del tiempo, según el grado de su contaminación. Veinte años después de la explosión, seguían muriendo personas a consecuencia de los efectos radiactivos.

La fabricación de la bomba fue reclamada al presidente Franklin Roosevelt por uno de los que la hicieron posible con sus estudios; el físico Albert Einstein. La muerte de Roosvelt, que inició de todos modos la investigación, dejó la terminación del trabajo para el presidente Harry Truman, que decidió usar la bomba contra el Japón para amedrentar a la Unión Soviética, que ya se perfilaba como enemigo tras ser aliado durante la guerra.

De todos modos, pocos años después el llamado “secreto atómico” fue robado por los rusos por orden de Stalin y se inició una nueva carrera armamentística, en que Einstein volvió a recomendar usar la bomba contra los comunistas.

Las consecuencias de la bomba

Las consecuencias de la bomba.

Las consecuencias de la bomba.

Los efectos a largo plazo de la exposición a la radiación incrementaron las tasas de cáncer entre los supervivientes al bombardeo. Sin embargo, según un estudio publicado en la revista Genetics, la percepción pública de las consecuencias sobre la salud –como el cáncer y malformaciones en el nacimiento– es exagerada en comparación con la realidad.

“La mayoría de la gente, incluidos muchos científicos, tienen la impresión de que todos los supervivientes se enfrentan a un estado de salud débil y tasas muy altas de cáncer o mutación genética”, declara Bertrand Jordan, autor del trabajo y biólogo molecular de la Universidad Aix-Marseille, en Francia.

El estudio tiene en cuenta más de 60 años de investigación médica sobre los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki y sus siguientes generaciones. “Hay una enorme diferencia entre la creencia y lo que en realidad dictan los estudios”, afirma el investigador.

Los ataques tuvieron consecuencias inmediatas. La carga explosiva generó una tormenta de fuego y radiación que envenenó por radiación aguda a aproximadamente 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki.

Cerca de la mitad de los que sobrevivieron pasaron a formar parte de estudios de seguimiento de su salud, que comenzaron en 1947 y que aún continúa llevando a cabo la Fundación para la Investigación de los Efectos de la Radiación, con financiación de los gobiernos de Japón y EE.UU. El proyecto ha seguido aproximadamente a 100.000 supervivientes, 77.000 de sus hijos, y a más de 20.000 personas no expuestas a la radiación.

Este conjunto de datos ha sido y es útil para cuantificar los riesgos en la salud resultantes de la exposición a una fuente de radiación y para establecer la distancia y el tiempo máximo de exposición aceptables para los trabajadores de la industria nuclear.

Acto aniversario. Foto archivo.

Acto aniversario. Foto archivo.

Según la investigación, aunque se ha demostrado que la exposición a la radiación aumenta el riesgo de cáncer –sobre todo en mujeres jóvenes–, la esperanza de vida de los supervivientes solo se redujo unos pocos meses en comparación con los que no habían estado expuestos.

De hecho, la mayoría de los supervivientes no llegaron a desarrollar enfermedades oncológicas. Según los resultados, la incidencia de tumores sólidos entre 1958 y 1998 en los supervivientes fue un 10 por ciento más alta, correspondiente a 848 casos entre los 44.635 sobrevivientes bajo estudio.

Las personas expuestas a una dosis de radiación superior a un gray – niveles aproximadamente 1.000 veces más altos que los actuales límites de seguridad para el público en general– tuvieron un riesgo un 44 por ciento mayor de sufrir cáncer durante el mismo lapso de tiempo (1958-1998). Estas dosis, según el informe, reducen la vida media en aproximadamente 1,3 años.

A pesar de que no se han encontrado diferencias en la salud de los hijos de los supervivientes, Jordan sugiere que los efectos pueden salir algún día a flote, quizás a través de la secuenciación más detallada de sus genomas.

Jordan atribuye la diferencia entre los resultados reales y la percepción pública a una variedad de factores, entre los que se encuentra el contexto histórico.

“La gente teme más a los nuevos y desconocidos peligros que a los que son familiares”, afirma Jordan.”Por ejemplo, se tiende a menospreciar el peligro del carbón, tanto en las personas que extraen como aquellas que lo respiran cada día debido a la contaminación atmosférica”, subraya el investigador.

Jordan advierte que los resultados de su estudio no deben utilizarse para fomentar la complacencia sobre los efectos de los accidentes nucleares. “Fukushima mostró los desastres que pueden ocurrir incluso en países con regulaciones estrictas. Sin embargo, creo que es importante que el debate sea racional, basado en datos científicos y no en una falsa exageración del peligro”, concluye.



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