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11 de junio de 2017
Los argentinos y la ley: Nos cansamos de pedir leyes para después incumplirlas
De taxonomía y otras yerbas

Incurre en un tremendo error quien confunde el taxi del griego antiguo con los autos de alquiler, pintados o no de amarillo, que circulan por nuestras ciudades.

Es que la palabra griega aludida se la puede traducir a nuestro idioma como ordenamiento, y si la acoplamos con la palabra nomos que en ese mismo idioma significa regla, norma o ley, de ese acople surge una palabra que suena fuerte y con olor a ciencia, cual es la taxonomía.

Mientras tanto, en el caso de los automóviles en ocasiones pintados de amarillo a los que me refería, las fuentes que el respecto se pueden consultar, coinciden en señalar que el origen de la palabra taxi, utilizada en la forma que esta vez aludimos, se debe a que allá por el 1500 hubo un alemán llamado Franz von Taxis, que instaló exitosamente la primera línea de coches de posta entre Holanda y Francia. Y el taxi se volvió taxímetro cuando en el año 1904 Louis Renault inventó un adminículo con ese nombre, el que sirvió para calcular el precio de los viajes según los kilómetros recorridos y el tiempo empleado en ellos.

Nadie puede negar que taxis y taxímetros son de una gran utilidad. En cambio resulta más difícil encontrarla en la taxonomía; la que como muchos saben, otros desconocen y el resto lo sabe a medias, se trata de una disciplina que estudia los principios, métodos y fines de la clasificación delos seres vivos. Palabra que por extensión se aplica a la clasificación de cualquier cosa según unos métodos establecidos para cada tipo de casos.

Y, ¿por qué es importante el clasificar? Por cuanto el hacerlo es uno de los pasos necesarios para tratar de poner orden en un mundo, que de otra forma resultaría un caos; todavía mayor del que constituye nuestro entorno.

Y como se sabe criterios clasificatorios, es decir pautas de las que se parte para agrupar las cosas tanto en el plano concreto como de las ideas, existen numerosos. Comenzando con nuestra realidad pedestre vemos así a un fruticultor separar naranjas de mandarinas; para luego volver hacerlo con ambos tipos de fruta, ya sea por su tamaño o grado de madurez, o por ambas cualidades.

Y ese ordenamiento clasificatorio se hace presente –aunque de una manera en parte mucho más sofisticada y en parte mucho más imprecisa- en lo que tiene que ver con los seres humanos. Es que en este caso de debe estar alerta con el objeto de no utilizar criterios a los que con justicia cabe considerar discriminatorios; ya que parten de negar esa igualdad esencial de naturaleza que en todos los seres humanos se da; para poner el acento en diferencias que, en infinidad de casos son en realidad falsas, en cuanto prejuiciosas.

Del procerato y de la notoriedad

Es que tratándose de seres humanos (expresión que utilizo para no caer en la tentación de referirme a todos y a todas) cabe la utilización de una promiscua variedad de criterios. 

La raza, por ejemplo; el sexo después, aunque esa forma de ordenar se ha vuelto difusa y confusa con la preminente referencia a la orientación sexual de cada cual, la que como se ha venido a saber no necesariamente tiene que ver con el sexo. O los criterios que se utilizan en las ciencias sociales comenzando por la ancestral clasificación que oponía al hombre libre con el esclavo, o con el siervo de la gleba; para llegar a la distinción marxista entre proletarios y burgueses, además de otras categorías que esa doctrina considera en vías de extinción o virtualmente perimidas.

Y a la hora de echar mano a una categoría especial de persona, criterio que considero útil para lo que sigue se me ha ocurrido destacar la pertinencia de señalar la diferencia entre personas a las que con justicia se las puede considerar próceres, de otras a las que son tan solo notorios. O para decir lo mismo de una manera casi idéntica hablar de notables y notorios

Una distinción que en las circunstancias por las que atraviesan nuestras sociedades en la actualidad no carece de importancia, ya que como lo diría el gran Discepolín, no es lo mismo la Biblia que un calefón. Consecuencia de los cual deviene la necesidad de llamar a las cosas por su nombre, como manera de no incurrir en malsanas confusiones.

Algo que permite advertir que si los próceres son mucho más que hombres notorios; ello es consecuencia de que aparte de ser conocidos por todos, se trata de personas ilustres que son respetadas y hasta veneradas por sus cualidades; algo que lleva a que se tenga para con ellos o su memoria, una especial consideración, a diferencia de aquellos que solo pueden hacer gala (en realidad en el caso que puedan hacerlo) de contar con un conocimiento generalizado (algo que no hay que confundir con reconocimiento, en el que está presente el agradecimiento ante un favor recibido.)

Y este pausado y pautado recorrido, lo he efectuado al solo efecto de remarcar que en nuestra sociedad si bien existen hombres ejemplares, la mayoría de ellos por permanecer en un lamentable anonimato, pertenecen a la categoría de próceres ignotos, mientras que los próceres conocidos y hasta reconocidos parecen no abundar, a diferencia del aluvión de quienes cuando no dan cuenta de un hambre de notoriedad (lo que se conoce habitualmente como la vana pretensión de estar siempre en el candelero, cuando ello no significa otra cosa que aparecer como una pequeña espiral de humo que se desvanece rápidamente con una leve brisa), o la adquieren tristemente como consecuencia de un comportamiento reprobable. O sea que son portadores de fama, pero de la mala.

Otro criterio importante: aquel vinculado con la actitud frente a la ley

La forma anterior de distinguir es más importante que lo que puede suponerse, por cuanto viene a desnudar la vanidad que está presente detrás de la notoriedad vacía (ese afán de figurar por figurar), y la injusticia que se comete frente a méritos que no se hace lo necesario para que salgan a la luz, no tanto o tan solo como una forma de reconocimiento, sino por el valor de ejemplo que conllevan.

Verdaderamente desastrosa es en cambio la tentación maniquea en la que en forma recurrente terminamos por caer, cual es la peligrosamente imposible distinción entre buenos y malos (entre justos y pecadores, como se enseñaba en el catecismo, el que por lo menos dejaba en las manos de Dios hacer el aparte a la hora del Juicio Final), diferenciación imposible que no es otra cosa que una versión edulcorada de la ominosa dupla amigo/enemigo.

A su vez, si desde una perspectiva sociológica (y también de ética social) es válida las oposiciones entre incluidos/excluidos, o entre marginados y quienes se sienten que son integrantes plenos de una sociedad, ello lo es en cuanto significa la existencia de un problema frente al cual nadie puede hacerse el desentendido, ya que significa un reclamo de justicia irredenta.

Pero a lo que me interesa en esta oportunidad hacer referencia principalísima es a la clasificación de las personas según cuál sea su actitud frente a la ley.

Es fácil encontrar en cualquier manual de los que en tiempos en que no existían ni fotocopiadoras ni fotocopias, abordaban el desarrollo de una temática enderezada a señalar las diversas razones que nos llevan a respetar la ley. Es así que existe una primera explicación extrema, cual es que se acata la ley porque lo es (es lo que sucede en mi caso al menos, cuando en una encrucijada vial, en la que la regulación del tránsito está a cargo de semáforos, tengo que permanecer detenido frente a un señal roja, a pesar de que existe ningún vehículo presente en las otras tres vías también reguladas, ni tampoco alguno a la vista. La segunda de ellas es que respetamos la ley por la sanción que conlleva su transgresión (algo que viene a querer decir que si consideramos que esa transgresión no puede ser detectada, o que a pesar de serlo nunca la sanción será efectivizada por la incompetencia de los funcionarios encargados de aplicarla, no se tendría reparo alguno en violarla. A continuación se hace presente otra razón, cual es que el comportamiento contemplado en la ley lo llevaríamos a cabo. . . aunque la ley no existiera (¡¡!!) es el caso de los comportamientos ajustados a una determinada norma moral, ya que por ejemplo, al menos una mayoría desgraciadamente en mengua de las personas "no matan", más allá de la existencia de una ley penal)

Mientras tanto, se me ocurre que la explicación más plausible acerca del porqué en general se respeta la ley, es consecuencia que en una sociedad constituida por personas razonables, y en la que se dictan y se aplican leyes también razonables y equitativas, la mejor manera para lograr que las cosas funcionen como se debe es precisamente respetando las leyes, ya que esa es la única manera de vivir en orden en un entorno también ordenado.

La actitud de los argentinos respecto a la ley: un peligroso y contradictorio desdoblamiento de la personalidad

De un tiempo esta parte, de una manera cada vez más asidua y de manera concomitante con señales de cada vez mayor preocupación, se alude a nuestro total desinterés por las normas legales en nuestra vida. Y como consecuencia de ello se hace referencia a que constituimos una sociedad anómica, en la que por anomia debe entenderse a un estado de desorganización social o aislamiento del individuo como consecuencia de la falta o la incongruencia de las normas sociales (acoto: se trata de una definición correcta. A lo que debo agregar dos cosas: que es significativo que esta palabra hace muy poco tiempo que haya empezado a utilizarse en el lenguaje coloquial, superando los límites de los círculos especializados. También, que en nuestro caso no se trata que las normas legales no existan entre nosotros, porque estamos virtualmente sepultados en ellas, aunque es cierto que por una creciente falta de idoneidad en los encargados de elaborarlas muchas de ellas aparecen como incongruentes en cuanto contradictorias). En conclusión, lo que realmente sucede es que cada vez es mayor la falta de respeto a la ley, en cuanto la ley existe, pero nos jactamos de ignorarla.

Todo lo cual viene a mostrar un maquiavélico desdoblamiento de nuestra personalidad. Ya que nuestro apartamiento sistemático de la ley, viene acompañado de la exigencia que el nuestro sea no otra cosa que un Estado Providencia. Que para interactuar como tal tiene, necesariamente que provocar una inflación de leyes y de normas de menor jerarquía que son su consecuencia. . .

Circunstancia que lleva al hecho que en determinados ámbitos sea el Estado precisamente el ejemplo principal de incumplidor de la ley ¡¡!!

Autor: Rocinante



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